Gota a gota que perla a la luz: los juegos con cera

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Seguro que todos conocéis ese meme del rollo «así empezó todo» en contexto BDSM. Un niño mete el dedito en la cera líquida de una vela de té apagada, para luego dejar que se seque en la yema y despegarla con cuidado. O uno como este:

Meme con el texto «girls who dipped their fingers into candle wax when they were young are into bdsm now» sobre un dibujo de línea que alza un dedo, primero con firmeza y luego con duda Fuente: @iMissMistyEyed, probablemente Instagram

Si conmigo empezó así, ya no lo recuerdo con exactitud. Aun así, los juegos con cera como práctica BDSM ejercen sobre mí un atractivo especial desde hace un tiempo.

Reconozco que, tras mis primeras experiencias con la depilación mediante bandas de cera caliente, estaba bastante segura de que nunca volvería a dejar voluntariamente que cera caliente se acercara a mi cuerpo desnudo.

A no ser que pueda gritar contra una toalla mientras suena de fondo relajante música de meditación y, a cambio, quede sin pelo un par de semanas.

Juegos con cera: cómo empezó todo

La luz de las velas siempre ha estado ligada al romanticismo y, por tanto, al dormitorio. Así que era evidente y solo cuestión de tiempo que la primera cera acabara sobre un cuerpo.

Probablemente en algún momento de la profunda Edad Media, algún caballero que agarraba a su criada de las caderas y se tenía por un amante especialmente creativo, al mirar una de las velas junto al catre pensó: «Eh, esta sopa se la podría echar por encima a la moza».

El caballero vierte, la moza grita, el caballero se pone cachondo, nacen los juegos con cera. O algo así. Hasta qué punto todo aquello era safe, sane y consensual es discutible. Igual que las fuentes más precisas sobre los inicios de esta modalidad de juego.

Mi primer wax play transcurrió, en el fondo, de forma bastante parecida a ese porno anacrónico descrito arriba. Solo que —y aquí un elogio a mi compañero de juego— con una vela más adecuada. Además, tenía dos circunstancias de mi lado que, a posteriori, resultaron muy ventajosas. Para empezar, era pleno verano. Antes de que la primera gota tocara mi piel ya estaba tan acalorada y empapada de sudor que el ardor fue bastante suave y la cera seca, gracias a la película de sudor, se quitaba fácilmente. Aunque hoy en día encuentro el aceite de masaje o la crema corporal como agente separador más agradable y seguro.

Además, todavía hoy agradezco que la sesión no tuviera lugar en mi casa. Estoy bastante segura de que en el lugar de los hechos aún se siguen pisoteando en la alfombra los últimos restos de mi placer. Desde entonces sigo con el wax play la máxima: es poco sexy forrar medio dormitorio con toallas viejas, pero es aún menos sexy tener que rascar después de rodillas los restos de cera de una alfombra. Al menos para mí. Seguro que a más de uno le encantaría ver esa estampa.

El cre-cera-imiento y sus encantos

Si alguien me pregunta qué me gusta especialmente del juego con cera, sin duda es el hecho de que el dolor surge de forma silenciosa, sin mucho estruendo.

Además me atrae la fina nota acústica y el aspecto táctil de romper la cera ya fría. Exacto, yo siempre he sido de las que al «crac» del Magnum cierran los ojos con deleite. Y sigo siendo hasta hoy la invitada pesada que en las suaves noches de barbacoa de pleno verano enreda nerviosa con los faroles y le arruina el mantel a mamá.