
¿Soy un pervertido? – Reflexiones (entretenidas)
Incluso antes de conocer términos como «Kinkster», «Vanilla» y «Kinkshaming», había una palabra que se me venía a la cabeza a menudo: pervertido. Justo mientras descubría y exploraba mis preferencias sexuales. El término merodeaba por mi cabeza. Como un grifo que gotea en un piso nuevo que acabas de empezar a amueblar. Como un invitado indeseado en un crucero que pone rumbo a costas nuevas y hermosas. Como esa tía cargante en una boda que se atiborra de tarta de queso y le cuenta a todo el mundo lo poco que soporta al novio. Así se sentía esa palabra.
Quiero ser pervertida, ¡pero no ser una pervertida!
Nadie tuvo siquiera que soltarme un «¡pero eso es una perversión!». Eso ya lo conseguí yo solita bastante bien, gracias a mi origen y mi educación. Sabía que otros calificarían mi comportamiento sexual de pervertido. Sin embargo, lo primero que me venía a la mente con esa palabra eran cosas terribles. Un conductor de autobús sudoroso que acosa a niños de colegio. Un adolescente perturbado que maltrata animales. ¿Estaba yo al mismo nivel que esos criminales? ¿Solo porque me van los juegos de rol?
Bueno, vale, sabía que ahí se podía diferenciar. Aun así: el reproche hacia mí misma seguía ahí, como un montón de trastos viejos en el rellano. Habría que deshacerse de ellos de una vez, pero no encuentras el momento y, ay, quizá esos posavasos me hagan falta cuando venga visita. Cuando amigos y conocidos, tomando un café, bromean sobre los perversos fetichistas de los realities de intercambio de parejas. Y tú prefieres sonreír inocentemente y asentir en lugar de dejar que se note que hace rato que googleaste el juguete sexual del minuto 78.
Por mucho que disfrutara aprendiendo a entender mis inclinaciones y descubriendo el BDSM para mí, muchas veces me autoetiquetaba de «pervertida». Quizá porque aún no tenía otra palabra para ello. Quizá porque —muy al estilo de Fat Amy— prefería hacerlo yo misma antes de que lo hiciera otro. Así, ante un «¡pero si eres una pervertida!» habría respondido: «¡Sí! Ya lo sé. Y me encanta». Pero el regusto amargo de ser anormal se quedaba.
El bonito sonido de los tabúes rompiéndose
Hoy lo sé mejor. He aprendido que no soy «diferente en el mal sentido», sino simplemente «diferente». Conozco otras palabras. Conozco a otros «pervertidos» (porque les gusta llamarse así) y a kinksters que no son pervertidos. En la escena aprendes que no eres anormal solo porque te excite romper lo que para otros es un tabú. E incluso lo bonito que es bailar al son de los tabúes que se rompen. Celebrarte a ti misma y a los demás. He aprendido que mis inclinaciones no son motivo de reproche. Mi comportamiento diferente ya no requiere explicación, ni ante mí misma ni ante los demás.
Normal is an illusion. What is normal to the spider is chaos to the fly.
Morticia Addams, La familia Addams
Para Deviance tenía que escribir ahora un artículo sobre el término «pervertido». Antes de documentarme como es debido y abordar el tema con rigor, la verdad es que pensé: «¿Cómo va a guiar un ciego a los ciegos? ¡Si yo ya ni siquiera distingo qué es pervertido y qué no!».
Así que pregunté a algunos de mis amigos vanilla y obtuve las siguientes respuestas: «Todo aquello que te obligue a cambiar las sábanas». O: «A ver, algunos ya lo consideran pervertido si les metes el dedo en el culo mientras». Seguía con: «A mí me parecería pervertido que te pusieras un disfraz de gallina y te aliviaras en el patio». Pero también estaba la opinión: «Pervertido… son las cosas que más divertidas resultan». Y mi respuesta favorita: «¿Te acuerdas de aquella vez que mojaste las patatas fritas en Nutella? Kitteh, ESO sí que fue pervertido».
