KatKristall – Kinkucación con purpurina

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Con motivo del Día Internacional de la Mujer, en esta serie se presentan los miembros del equipo de Deviance y cuentan qué es lo que les mueve. Esta vez: la autora KatKristall, que ha encontrado su propio camino entre su imagen personal de las dominas sacadas de la publicidad nocturna y las caricaturas, y su afición por las orejas de gato y los volantes.

¿Quién es en realidad Kat?

Soy una mujer joven en el BDSM. Siempre ha sido así y sigue siéndolo. Eso me hace deseable, pero también vulnerable. Soy curiosa, con vocación educativa. En general soy demasiado «joven» para todo, pero llevo el tiempo suficiente en la escena como para servir de enciclopedia sabihonda y, aun así, haberme perdido «los buenos tiempos de verdad».

Autoimagen vs. cliché

Cuando piensas en una Femdom, a menudo te imaginas a una amazona de 1,85 m, grácil y fuerte a partes iguales. Se pavonea sobre sus tacones de 20 cm con medidas de auténtica modelo y el pelo recogido en una coleta estricta. Sus pómulos podrían ser la entrada a Gondolin. Y entonces, con sus labios perfectos, le susurra una orden a quien tiene arrodillado enfrente, una orden que en pocas palabras, con la precisión de un héroe de acción, provoca la fusión del subbi. Al final, todo termina en obediencia humilde y sumisa.

Y luego estoy yo. Apenas seis centímetros por encima de la media, seguramente estaría más a gusto tirada en Minas Tirith. En las sessions me gusta hacer chistes de Star Wars, me van las orejas de gato en cualquiera (sobre todo en mí) y me sé el Pokerap de memoria. No, esto no es publicidad para mí, porque esa toma de conciencia y esa autoaceptación no me resultaron nada fáciles.

Mi imagen de la dominancia estaba marcada por James Bond, Elizabeth Taylor como Cleopatra y las caricaturas clichés de los años 60 combinadas con la publicidad de sexo de la madrugada.

Ya sabéis, esa en la que una domina dice a cámara con voz severa «¡LLÁMAME!».

Esas personas estaban muy lejos de la imagen que yo tenía de mí misma. Por eso, mis primeros tiempos en la escena me paseé con una prepotencia absurda e inflada, con la esperanza de poder disimular mi propia inseguridad. Porque demasiado a menudo me tomaban por sumisa, demasiado a menudo se reían de mí con condescendencia y me sermoneaban. Que como mujer joven solo tenía que conocer al hombre adecuado, que ya me enseñaría cuál era mi sitio.

En aquella época desterré muchas cosas de mi armario. Porque los volantes, los accesorios monos y los overknees no pegan con una Femdom rigurosa, ¿verdad? Dejé de llevar collares después de que me preguntaran si me los había regalado mi señor. Mi yo joven pensaba demasiado en cómo la percibían los demás, era agresiva y arisca cuando me tachaban de sumisa, demasiado joven, poco asentada o simplemente demasiado mona. Me mostraba muy segura de mí misma, atrevida y descarada, pero en realidad no estaba en paz conmigo ni con mi propio ser. Lo importante era aparentar dureza para que nadie me encasillara mal.

De rebelde a Emperatriz

No hubo ningún clic mágico. Atrapada de lleno en mi pubertad, tuve que encontrar una autoimagen de la que sacar fuerza y seguridad. Ahora muestro mi lado mono, me gusta el contraste. He encontrado mi camino.

Mis gustos contradictorios son algo de lo que saco fuerza. Son cosas que celebro.

Quizá nunca llegue a parecerme a la caricatura de mi ideal, pero soy una buena Domme. Además, he encontrado a personas que miran más allá de sus propios clichés sobre Dommes, dominas, Femdoms y dominancia. Personas que me valoran tanto por el «Nyaa» y el «Jiji» como por cada orden cortante. Que también comparten mi afición por los juegos de rol. Porque no todo el mundo quiere cambiar la profesora estricta por la alumna mala, tener delante a la altiva princesa en vez de a la reina majestuosa, o sabe gestionar que el auténtico «señor de la casa» reciba órdenes de la doncella. Pero este es mi BDSM y funciona de maravilla para mí.

No se puede aprender a andar sin caerse alguna vez

Así que, en lugar de fijarme en una idea rígida impuesta por los medios y por mi propia mente, intento convertirme yo misma en un referente.

Por haber entrado tan joven en la escena, he cruzado puertas abiertas y me he chocado contra muros enormes. Pero también me he levantado, me he formado y he acumulado experiencia. ¡Gonna catch them all!

Ahora comparto todo eso, reparto tiritas y almohadillas. Una rodillera y un casco pueden hacer maravillas. Para mí es importante crear una sensación de seguridad. Dar a todo el mundo la confianza para decirle a quien tienen enfrente «¡No! ¡Ni de coña!» y «¡Adiós muy buenas!» y tener permiso para hacerlo. Reconocer las red flags, dejar que te covern, defenderse a una misma.

Cierta tendencia a coleccionar equipo, ir a fiestas, recorrer sex shops, ser turista kinky y meter los dedos en todo también han ayudado, claro. He trabajado como camgirl y Findom, he escrito un libro de cocina de Petplay, he hablado en podcasts, he bloggeado, he tuiteado. También aparezco en público dando la cara como ejemplo de BDSM. Me considero la Magical-Cat-Girl de mi propia historia, solo que en látex y con pleasers. Y zurro a mis «villanos» con consentimiento mutuo.

Por eso decidí escribir para Deviance. Se me dio la oportunidad de abrir mi gran baúl de la vergüenza y ofrecer a la gente conocimientos que en su día no tuve a mi alcance. Ser una Femdom que no se considera una figura astral intocable, sino una que resulta más humana sin perder ni un ápice de su dominancia. Para sacarle un poco el palo del culo a nuestra anal comunidad y espolvorearle purpurina encima. ¡Cheers!