¿Vanilla? ¡Pero si eso no existe!

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Deviance quiere informar y desestigmatizar. Queremos acabar con los clichés y eliminar la manía de meter a la gente en cajones. Pero últimamente, escribiendo, me doy cuenta una y otra vez: nosotros mismos tenemos un cajón viejo y desvencijado del que los kinksters solemos servirnos. Un cajón en el que, con una pequeña frase de nada, guardamos rápidamente todo lo que no es BDSM. Puerta cerrada, asunto zanjado. Pero en ese cajón donde metemos de golpe todo lo que no encaja con nuestra sexualidad fantásticamente distinta reina ya un buen caos. Hablo de la idea de lo «vanilla». Y tengo la urgente necesidad de ponerme a ordenar un poco ese cajón.

¿Qué se supone que es vanilla?

En la escena me doy cuenta una y otra vez: estamos nosotros, los BDSMeros, un popurrí lleno de matices con las personalidades y roles más variados. Todos somos maravillosamente individuales y tenemos nuestras propias modalidades de juego y relaciones. Y luego están… bueno, todos los demás. Esos, simplemente, tienen sexo normal. ¿O no? ¿Qué es siquiera el «sexo normal»?

Si vanilla es lo que aprendimos en 2º de la ESO en la clase de educación sexual, aderezado con consejos útiles de las revistas juveniles y mostrado en las escenas de sexo de los blockbusters y series de siempre, entonces yo no he tenido sexo vanilla en 10 años. Mis amigues probablemente tampoco. Y si vanilla es lo que se ve en el 75 por ciento del porno, entonces tampoco lo quiero.

La cifra oculta del BDSM

Por mi experiencia y la de la gente de mi entorno que no es exclusivamente kinky, puedo decir: ¡ya nadie ahí fuera tiene sexo silencioso entre un telediario y otro, en postura del misionero y con la luz apagada! No, prácticamente todas las parejas tienen juguetes, fantasías y preferencias. A lo mejor no son increíblemente bizarras y especiales, pero desde luego tampoco son aburridas.

A estas alturas, algunas prácticas BDSM en el hombre cis de entre 20 y 45 años casi forman parte del buen tono. Claro que de vez en cuando le das a tu pareja en el culo. Que a todo el mundo le pone el estrangulamiento, y que el deepthroat sin casi partirle la mandíbula a una mujer es un rollo. E igualmente una mujer cis ya no se escandaliza cuando el tío le pide un rimjob o dirty talk, o cuando quiere que le mimen con un plug. Hay gente a la que le gusta el BDSM sin saberlo siquiera. ¿Y no sería esa una definición mucho mejor de vanilla? ¿Personas que no saben lo que es el BDSM? Y, sobre todo: ¿cómo demonios funciona?

Por qué el BDSM vanilla es peligroso

Seguro que ya os dais cuenta: todo este asunto es bastante espinoso. Porque con muchas de las preferencias que a los supuestos vanillas les parecen un cambio agradable y un subidón dentro de su vida sexual light no se juega precisamente. Los kinksters conocemos sistemas como RACK y SSC, las safewords y el sistema de semáforo. Conocemos los principios del consentimiento y, en el mejor de los casos, somos capaces de comunicar nuestras necesidades sexuales y nuestros límites. Por desgracia, sin embargo, se ve una y otra vez: fuera del BDSM, en los rollos de una noche, en las citas (de sexo) y también en las relaciones vanilla, no se habla mucho de esto. Ahí suele ser: primero hacer y luego ya veremos. Si sale bien, a la otra persona le gusta, y si no, pues se deja. Y con esto no solo se cruzan a menudo los límites, sino que ya no tiene nada que ver con consentimiento ni con ganas de experimentar. Por eso me atrevo a afirmar: el sexo vanilla es más peligroso que el BDSM.

Todas mis experiencias BDSM han estado siempre marcadas por la atención plena, la comunicación y el respeto mutuo. En el BDSM me siento tomada en serio a mí y a mis necesidades. Me dan espacio y puedo ser yo. Con mis errores, mis preferencias y todo lo que no quiero. Fuera de eso, para mucha gente a menudo solo se trataba de una penetración lo más eficaz posible y de la satisfacción sexual a toda costa. Uno quiere ser especialmente bueno en la cama, superarse siempre y no ser aburrido bajo ningún concepto. Que sea bien guarro y probarlo todo, pero ¿hablar de ello? Ni después ni, mucho menos, antes. «No hago nada que tú no quieras». Gracias, Paolo, pero ¿cómo diablos pretendes saber qué quiero y qué no quiero si ninguno de los dos abre la boca? Un golpe, una palabra o un gesto no se pueden retirar. Por muy poco que se hayan querido.

Llegados a este punto, hay que decir también que no quiero meter en el mismo saco ni a los vanillas ni a los hombres (cis). También aquí hay, desde luego, quienes son capaces de ir tanteando poco a poco y de combinar un trato atento y cariñoso con un sexo excitante.

Un buen ejemplo en lugar de meter en cajones

Lo que quiero decir con todo esto es: quizá ya no existan los vanillas clásicos. Y eso, por un lado, es maravilloso, porque muestra que las inclinaciones distintas ganan cada vez más aceptación e incluso fascinación. Por otro lado, sin embargo, las inclinaciones BDSM sin conocimientos de BDSM pueden salir mal muy rápido. Por eso, quienes tienen interés por el kink no deberían copiarnos solo cómo se usa un flogger o qué palabrotas guarras tan bonitas hay. Sino también cómo se hace facesitting sin casi asfixiar a nadie, cómo se humilla de forma orientada a las necesidades y cómo se negocia el consentimiento.

A cambio, nosotros deberíamos probablemente intentar dejar de dejar pudrirse a «los demás» en el cajón vanilla, y en vez de eso abrirlo de vez en cuando una rendija. Para ver si, después de todo, aún hay sabores como frambuesa-limón, málaga o pitufo.